Hotel Palacio, Historia

La Belle Epoque, en los brillantes comienzos del siglo XX, no fue otra cosa que la evocación, desde otros rincones del mundo, de la buena vida parisina. Y Montevideo no fue la excepción. Las calles de la Ciudad Vieja y sus señoriales construcciones tuvieron todo aquello que la clase alta europea requería para vivir de este lado del planeta.

El confort y el bienestar de esa nueva clase venida de lejos multiplicó los proyectos arquitectónicos, ya fuera para casas u hoteles como para comercios de arte, joyas, muebles y accesorios dignos del auténtico refinamiento francés que, junto a teatros y clubes sociales, contribuyeron a la creación de un Uruguay cosmopolita.

En palacetes y casonas ornamentadas transcurría una vida social algo frívola y despreocupada, pero también con cierta dosis de academia y cultura, un rasgo que ha definido, desde sus inicios, a la sociedad uruguaya. Decía el arquitecto y profesor Leopoldo Artucio, en el libro Montevideo y la arquitectura moderna, que esta ciudad “tenía todo para revivir la Belle Epoque parisina, pero su tono recatado daba a la sociabilidad un clima más modesto y, con seguridad, más decente”.

Contemporáneo pero más académico, el Art Nouveau –movimiento nacido en Bélgica en la última década del siglo XIX- también permeó en la cultura uruguaya. Imponía romper con viejos historicismos y, tal como hacía referencia su nombre, se lanzaba a la búsqueda de un arte nuevo y sin ataduras. El uso del hierro en formas ligeras se convirtió en su buque insignia.

En este escenario hizo historia el arquitecto Leopoldo Tosi, autor de edificios emblemáticos de la época. Con un marcado lenguaje modernista, su obra trasmite liviandad y transparencia.

El proyecto del Hotel Palacio, que se construía como anexo de otro hotel, tuvo el privilegio de estar en sus manos. El edificio se proponía complementar al Hotel Alhambra, que por entonces relucía en la vereda de enfrente, y sus propietarios Alberto y Miguel García no escatimaron recursos para encomendar la obra a uno de los mejores de la época.

De estilo ecléctico, la construcción tiene seis plantas unidas por un ascensor de pura inspiración Art Nouveau y habitaciones con una vista a la bahía de Montevideo que enamora a sus visitantes.

Los tiempos cambiaron y llegó el momento en el que el nuevo edificio proclamó su independencia. Nació entonces el Hotel Palacio, el mismo que aún mantiene un bajorrelieve sobre la fachada que da cuenta de su condición de anexo, un homenaje a su razón de ser.

En la década de 1980, el hotel, en funcionamiento pero con una esencia casi olvidada, fue vendido a los propietarios actuales, un matrimonio Asturiano asentado en Uruguay que lo adquirió con la clara vocación de dedicarle cuerpo y alma, una tarea que emprendieron cada día con entusiasmo.

En pleno siglo XXI, el hotel apuesta a refundar sus valores originales, los mismos que lo erigieron en aquella ciudad pujante de hace cien años. Su historia –rica, profunda, viva- todavía atrae a esos viajeros que coleccionan memoria y encanto. Y a los poetas que lo han convertido en leyenda.